Identifico el sábado 3 de febrero de 2024 no como una simple
fecha en el calendario clínico, sino como el momento en que la identidad de mi
hijo Mauricio comenzó a emerger de entre los escombros del trauma. Tras el
violento interludio de las cirugías y el despertar agitado bajo inmovilización
mecánica, el «Guapo Ben» reclamó su lugar en el mundo a través del poder de la
palabra.
El Hito del Lenguaje (07:10 - 09:36 horas)
La jornada se abrió con un registro digital que humaniza el
gélido entorno de la Unidad de Terapia Intensiva (UTI). A las 7:10 a. m., envié
el primer mensaje que no contenía mililitros ni frecuencias cardíacas:
*«Mauricio ya está más consciente, manda saludos...»*. No era un dato médico;
era la recuperación de su voz. Mauricio comenzó a interactuar con una lucidez
que desafiaba su diagnóstico reservado, enviando saludos específicos a su tía
Paty, a su hermano Joaquín, al resto de su familia y al director de su escuela,
el Profr. Javier.
La Logística del Afecto y el Ruido Informativo
Observo que la red de apoyo familiar comenzó a funcionar
este día con la precisión de un reloj suizo. Tras días de vigilia
ininterrumpida, registré mi propio almuerzo a las 8:18 a. m. para reingresar de
inmediato a la UTI. La administración del Hospital Regional Materno Infantil
permitió, en un gesto de inusual flexibilidad técnica, que ambos padres
estuviéramos con él simultáneamente, entendiendo que el ánimo era, en ese
punto, tan vital como el antibiótico.
En la periferia del hospital, el mundo exterior proyectaba
sombras confusas sobre el caso. Rescaté un fragmento de las comunicaciones de
mi pareja, quien a las 3:06 p. m. cuestionaba una noticia que circulaba en
internet: un medio afirmaba que buscábamos trasladar a Mauricio a un hospital
privado. Como alguien que narra desde el conocimiento del final, confirmo que
este «ruido informativo» era un espejismo; nuestra atención total estaba
anclada en la supervivencia dentro del sistema público.
La Estadística Vital del Cuidador
No puedo ignorar mi propia
vulnerabilidad biológica como parte del escenario de resistencia. En medio del
estrés postraumático, registré mi nivel de glucosa en 188 mg/dL. Esta cifra,
elevada por el cortisol y la falta de descanso, representaba el equilibrio
precario que intentaba sostener para no ser apartado del cuidado de mi hijo.
La jornada del 3 de febrero cerró bajo el mantra de la
«estabilidad en la gravedad». Mauricio ya hablaba más y reconocía su entorno.
El niño que el 29 de enero quedó prensado entre dos moles de acero había ganado
su primera batalla contra el olvido. Despertaba, finalmente, para empezar a
«ver algo bonito».
¿En qué momento la recuperación de la voz de una víctima se convierte en el testimonio más poderoso contra la negligencia de un sistema que aún no le otorga justicia?
Apoyo Documental
Expediente Clínico UTI, Hospital Regional Materno Infantil,
3 de febrero 2024.