El Colapso del Vigilante (09:33 horas)
La mañana comenzó con la evidencia física del agotamiento
sistémico. Tras semanas de vigilia ininterrumpida, los registros digitales
capturan mi propio quebranto biológico. A las 9:33 a. m., envié un mensaje al
grupo familiar que hoy leo como una confesión de vulnerabilidad: «Me quedé
dormido... perdón». El sueño profundo, ese letargo que ni el olor a antiséptico
logra evitar, fue la respuesta de un organismo que habita el límite de la
resistencia para sostener el frente hospitalario y el laboral.
El Asesor Jurídico
Mientras Mauricio habitaba la inmovilidad de su cama, yo me
sumergía en las frías aguas del sistema legal. Los registros documentan una
reunión clave con el asesor jurídico asignado al caso de los tres niños
lesionados aquel 29 de enero. Bajo el rigor técnico que exige este reporte,
consigno que se nos informaron las «prestaciones» que el sistema contempla. La
maquinaria judicial del NUC comenzaba a hablar de dinero y reparaciones:
el imputado debe pagar, y si por alguna razón no puede, el Estado debe hacerse
cargo.
Resulta un detalle enigmático y doloroso procesar estas
palabras frente a la realidad clínica de Mauricio. ¿Cómo se cuantifica el valor
de un sistema digestivo reducido a 20 centímetros? El lenguaje del derecho
busca resarcir con folios lo que la negligencia de Salvador Sánchez Tovar
destruyó irreversiblemente en la carne.
El Refugio en la Ficción
A pesar del peso judicial, la vida en el quinto piso
reclamaba sus propios hitos humanos. Durante el turno vespertino, mi hermana
Katia registró a Mauricio en una actividad que devolvía al niño jirones de su
curiosidad intelectual: estaba concentrado viendo videos de «quiz de banderas»
y geografía. Horas después, al regresar yo para la guardia nocturna con el
permiso correspondiente sellado en Trabajo Social, llevé conmigo una película.
En medio de la asepsia y el zumbido de los monitores,
buscamos refugio en la ficción. Sin embargo, Mauricio manifestó un pequeño pero
poderoso acto de voluntad propia: se negó tajantemente a bañarse hasta que yo
llegara. En ese entorno de «amable dictadura» de las enfermeras, el derecho a
decidir sobre su propio cuerpo se convirtió en su mayor acto de resistencia.
La jornada cerró con una calma artificial. Padre e hijo
compartiendo una pantalla, ignorando por un momento que allá afuera, en los
despachos ministeriales, nuestra tragedia se convertía en un número de
expediente que caminaba mucho más lento que los latidos de un niño que solo
quería volver a ver las banderas del mundo fuera de una habitación.
¿En qué momento la justicia deja de ser un ideal humano para convertirse en un trámite administrativo que intenta ponerle precio a lo que la ciencia califica como irreversible?
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