La Macro-Estadística y el Micro-Dolor
Registro el lunes 19 de febrero de 2024 —vigésimo primer día tras el impacto— como la jornada de las «realidades fragmentadas». Al cumplirse el tercer septenario desde que el tiempo se detuvo en el cruce de Tampico y Mazatlán, la inercia de la supervivencia en la habitación 503 del Hospital Regional Materno Infantil comenzó a colisionar, de forma casi asfixiante, con las exigencias de un mundo exterior que se niega a detener su marcha.Integrándome a las labores (09:00 horas)
La mañana registró un retorno forzado debido a las circunstancias
institucionales, pues todo los compañeros habían hecho lo posible para compensar
y justificar de alguna manera las ausencias constantes e interrupciones abruptas
de la jornada. A las 9:00 a. m., me presenté en las oficinas del INEGI,
convocado por mi supervisor, José Luis, para retomar mis labores. Estar en las
oficinas de la coordinación genera una paradoja sensorial agotadora: me
descubrí procesando datos demográficos mientras la estadística vital de mi
propio hijo seguía siendo un enigma clínico que yo monitoreaba febrilmente en
los intervalos de mi jornada.
Mientras el mundo esperaba cifras oficiales, mi única cifra
relevante era el volumen de drenado que Mauricio producía en su cama. Los
informes técnicos de ese día reportaban una palidez de tegumentos persistente,
aunque el niño se mantenía reactivo a estímulos. La frialdad de los
laboratorios confirmaba el desgaste: su hemoglobina había descendido a 9 y los
leucocitos a 5,400.
La Psicóloga (11:50 – 12:28 horas)
En el frente hospitalario, durante la guardia matutina, mi
hermana Katia procedió al baño físico de Mauricio a las 11:50 a. m., un rito de
dignidad necesario tras una noche de reposición de líquidos y drenajes del
sistema Penrose.
A las 12:28 p. m., el rastro documental se registra la
llegada de la psicóloga a la habitación 503. Identifico este encuentro no solo
como un protocolo clínico, sino como la incursión necesaria en la psique de un
niño de once años cuyo interior fue devastado. La salida de los familiares del
cubículo durante la sesión subraya la soledad del paciente frente a su propio
proceso de aceptación.
La Investigación del Trasplante Intestinal
Fue precisamente este 19 de febrero cuando inicié una
investigación paralela y obsesiva que se extendería durante la semana. Durante
los trayectos entre la oficina del INEGI y mis guardias nocturnas, comencé a
documentarme sobre los Centros de Trasplante Intestinal. Necesitaba un
panorama general para «sacarle la vuelta» a esa palabra que el Dr. Cecilio
había pronunciado el 1 de febrero y que resonaba casi inconscientemente en mi
mente: irreversible.
Me sumergí en los fundamentos de la fisiopatología del
Fracaso Intestinal Crónico, buscando en la literatura científica de lugares
como la Fundación Favaloro o el Hospital La Paz de Madrid una grieta por donde
filtrar la esperanza. Si la medicina local solo podía ofrecernos un «andamio
químico» de nutrición parenteral, yo buscaría en la estadística global la
posibilidad de un trasplante multivisceral.
Los Escalofríos (14:13 horas)
Al caer la tarde, la atmósfera sensorial del quinto piso se
volvió densa. A pesar de los esfuerzos por mantener una temperatura estable,
los registros de la guardia vespertina revelan una constante preocupante: a las
2:13 p. m. (14:13 h), Mauricio registró 37.9 °C y comenzó a temblar de frío.
Observo que este cuadro de escalofríos, contrastado con el
ambiente climatizado del hospital, dota al relato de una incertidumbre
persistente. Se le administró paracetamol para mitigar la febrícula, mientras
su abdomen seguía siendo doloroso a la palpación y la fístula entero-cutánea
continuaba con su gasto biliar.
La jornada del 19 de febrero cerró con un silencio denso.
Mauricio habitaba el límite de la supervivencia bajo el goteo de la Nutrición
Parenteral Total, mientras, en la periferia, intentaba reconciliar mi rol de
empleado público con el de padre que rastrea en internet el éxito de
trasplantes en niños con solo 20 cm de intestino. La justicia todavía trataba
la devastación de mi hijo como una simple estadística pendiente de peritaje.
¿Cómo puede un padre procesar datos nacionales con precisión cuando su mente está calculando las probabilidades de supervivencia de un hijo que ha perdido el 90% de su intestino delgado?.
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