Como
alguien que hoy habita el rol de documentalista de su propia tragedia, he
tenido que regresar al origen, al último fragmento de una realidad que ya no
existe. Reviso mis registros digitales, las horas marcadas en las conversaciones
y los documentos técnicos con la precisión de un reportero que busca llenar los
vacíos entre el evento y el desenlace, conociendo de antemano el final de la
historia. El domingo 28 de enero de 2024 transcurría bajo una engañosa calma
doméstica, un interludio de rutina que, visto a través del tiempo, se siente
como un preludio sombrío.
La mañana de aquel domingo comenzó con gestiones mundanas que hoy reposan en el expediente judicial como fríos recordatorios de la previsión familiar. A las 9:25 a.m., se registraba una póliza de seguro- En ese momento, era solo un dato técnico; hoy es una cifra en un archivo que documenta la fragilidad de lo incierto. Mientras tanto, yo buscaba la exactitud en los objetos, registrando las dimensiones de una silla de madera: 67 cm de ancho, 74 cm de profundidad y 1.05 m de alto. Esta obsesión por la medida exacta es lo que hoy me permite anclar este relato periodístico a la realidad tangible de los objetos que una vez nos rodearon.
En el aire flotaba el olor a papel y cartulina. Mauricio, mi «Guapo Ben» como lo apodaba en mis contactos, estaba sumergido en las exigencias del sistema escolar. Recuerdo que mencionó que su madre le recordaba sus pendientes: diez hojas de diferentes plantas, media cartulina y las definiciones de simetría axial y central. Era un domingo de aprendizaje, de conceptos abstractos que contrastarían brutalmente con la física del impacto que vendría después. No había presagios, solo los diálogos cotidianos entre sus hermanos sobre lesiones menores que nada decían del colapso inminente.
La atmósfera sensorial de esa noche se tornaba gélida; el termómetro descendía hasta los 3 grados centígrados. Nos preocupábamos por cosas triviales: el saldo de los teléfonos celulares, el registro de la tarjeta "Feria" y la búsqueda de un equilibrio en mi propia salud. Había una paz burocrática, un orden que nos daba la ilusión de control. A las 10:49 p.m., envié el último mensaje de aquel día, un gancho directo al corazón de lo que vendría: *"Deberías dormir ya... Mañana hay clases"*.
Mauricio se despidió de la consciencia plena sin saber que el lunes 29 de enero, a las 14:30 horas, la jornada en la Primaria Himno Nacional terminaría bajo una pendiente descendente que cambiaría nuestra historia para siempre. Lo que queda de ese día es una última imagen que atesoro antes de las cirugías de emergencia, una imagen que un año después sigue siendo el motor de nuestra incansable búsqueda de justicia.
¿Cómo cambia nuestra percepción de la "normalidad" cuando somos capaces de identificar el momento exacto en que la rutina se convirtió en el preludio de una tragedia?
Bibliografía:
Expediente Judicial NUC FGJNL-012188/2024,
Unidad de Investigación y Litigación Regional Sur.
Registro de comunicaciones familiares.


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