domingo, 11 de febrero de 2024

11 de Febrero: El Refugio con los Monstruos | #Desdeel503

El domingo 11 de febrero de 2024 se registra en mis folios no como una jornada de crisis agudas, sino como el momento en que la «institucionalización de la tragedia» comenzó a dictar el ritmo de nuestra existencia. Han pasado catorce días desde que el tiempo se fracturó en el cruce de Tampico y Mazatlán. El abismo ya no es una caída libre; es una habitación de muros donde la normalidad ha sido secuestrada por la asepsia y el goteo de los sueros.

La Cronología del Andamio Químico

Reconstruyo la madrugada desde la penumbra técnica. A las 12:20 a. m., el personal de enfermería realizó el cambio del catéter de Mauricio. Este no es un trámite menor; es la renovación del único puente que sostiene su vida ante la ausencia de un sistema digestivo funcional. Horas más tarde, a las 7:28 a. m., la visita médica arrojó un veredicto de calma técnica: la radiografía de control mostró que la inflamación abdominal finalmente había cedido. «Todo OK», anoté en la bitácora, mientras el personal ajustaba la hidratación con suero de Hartmann. Es la paradoja del cuidador: celebrar que el cuerpo de tu hijo no se inflama, mientras sabes que su interior sigue siendo un mapa de reconstrucción precaria.

El Refugio de lo Enigmático

Observo un fenómeno fascinante en la cama 503. Rodeado del olor a antiséptico y el goteo de la Nutrición Parenteral Total (NPT), Mauricio buscaba refugio en el mundo digital. Resulta revelador que un niño que ha vivido un horror tangible busque consuelo en el horror ficticio. Quizás, en la lógica de su recuperación, los monstruos de internet son más fáciles de procesar que la pinza de metal que lo proyectó contra el asfalto. Ese teléfono celular no es solo un juguete; es el único puente que le permite escapar de la cartografía del dolor que representa su propia habitación.

Las Grietas de la Resistencia Familiar

En la periferia del hospital, se muestra cómo el trauma desplaza las prioridades domésticas. A las 10:34 a. m., recibí un mensaje de mi esposa que dota a este relato de una carga de vulnerabilidad cotidiana: confesaba su angustia por la nutrición de el hermano pequeño, sintiendo que había descuidado sus vegetales por la vigilia constante.

Habitábamos una dualidad asfixiante: mientras yo vigilaba los mililitros de drenaje de Mauricio, en casa se libraba la batalla por sostener los restos de una crianza saludable. Mi respuesta, a las 11:20 a. m., fue un ejercicio de verticalidad forzada: *«No te preocupes de más... en algún momento se regularizará»*. Sabía que esa era comentario necesario; aunque en este relato, nada vuelve a ser regular.

La Logística del Afecto

La jornada cerró con el rigor de la supervivencia. A las 1:31 p. m., coordinamos las compras del supermercado como si la vida fuera normal. Aproveché un relevo de guardia para desplazarme y ver a mi hijo mayor, intentando que el vacío dejado por la ausencia de su hermano no se volviera irreversible.

Este 11 de febrero terminó con una calma artificial. Mauricio logró dormir «todo seguido», un dato que en mi Registro Diario brilla como una pequeña victoria biológica. Sin embargo, como alguien que narra conociendo el final, sé que esta estabilidad es solo el preludio de un proceso judicial que, afuera, camina con la lentitud de un expediente olvidado.

¿En qué momento la habitación de un hospital deja de ser un lugar de paso para convertirse en el nuevo y gélido hogar de una familia, y qué parte de nuestra identidad perdemos en ese traslado?

Bibliografía:

Expediente Clínico de la Habitación 503, Hospital Regional Materno Infantil.

Borrador al 29 feb 2024

Bitácora de Relevos y Registro Diario al 29 de feb 2024

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